Cada 3 de junio, Argentina recuerda una consigna que ya forma parte de nuestra historia reciente: Ni Una Menos. (Buenos Aires, Argentina, 3 de junio de 2026)
La fecha nació como una expresión colectiva de dolor, indignación y demanda de justicia frente a los femicidios. Es, ante todo, un recordatorio de las mujeres y diversidades que ya no están. De las vidas truncadas por la violencia machista. De las familias y comunidades atravesadas por pérdidas irreparables.
Este día es también una invitación a mirar más allá de la violencia extrema, porque los femicidios no ocurren de un día para otro. Son el resultado de procesos que suelen comenzar mucho antes: con el control, la desvalorización, el aislamiento, la violencia psicológica, económica, simbólica o física. Son el punto más visible de una estructura de desigualdades que organiza relaciones, distribuye poder y condiciona oportunidades.
Por eso, hablar de violencia de género no es hablar de un problema privado. Es hablar de un fenómeno social, público, político e institucional que atraviesa todos los ámbitos de la vida. También el trabajo.
Las organizaciones no son, ni deben ser, observadoras externas de esta realidad. Son espacios donde las personas pasan una parte significativa de su tiempo, construyen vínculos, desarrollan proyectos y atraviesan situaciones personales complejas. Lo que sucede fuera de la oficina, de la planta, del comercio o del establecimiento muchas veces impacta dentro de él. Y lo que ocurre dentro de la organización también puede contribuir a prevenir, detectar o, incluso, agravar situaciones de violencia.
Hoy sabemos a través de una robusta y consistente evidencia, que las violencias tienen consecuencias concretas en la vida laboral: afectan la salud física y emocional, aumentan el ausentismo, dificultan la concentración, impactan en el desempeño y limitan las posibilidades de desarrollo profesional.
También sabemos que muchas personas encuentran en sus espacios de trabajo uno de los pocos ámbitos donde pueden pedir ayuda o ser escuchadas.
Por eso, la pregunta ya no es si las organizaciones tienen un rol. La pregunta es cuál es ese rol y cómo asumirlo. Las empresas no reemplazan al Estado, ni a la Justicia, ni a los sistemas especializados de atención. Pero sí tienen la capacidad de construir entornos más seguros, promover una cultura de respeto, ofrecer herramientas de acompañamiento y actuar tempranamente frente a señales de alerta.
La prevención de las violencias no comienza cuando aparece una denuncia. Comienza mucho antes: en las conversaciones cotidianas, en los liderazgos, en las políticas internas, en los mensajes que se validan y en aquellos que se cuestionan.
A once años del primer Ni Una Menos, la pregunta sigue siendo urgente: ¿qué estamos haciendo, desde nuestros lugares de responsabilidad, para que la violencia no llegue?
Diez acciones que las organizaciones pueden impulsar
- Reconocer que la violencia de género no es un asunto exclusivamente privado. Las situaciones que ocurren fuera del trabajo tienen impacto en la salud, el bienestar, la seguridad y las oportunidades laborales de las personas.
- Incorporar el abordaje de la violencia de género dentro de las políticas de cuidado y bienestar. No como una acción aislada, sino como parte de la responsabilidad que las organizaciones tienen sobre las condiciones en las que trabajan sus equipos.
- Capacitar a líderes y equipos para identificar señales de alerta. Cambios bruscos de comportamiento, ausencias reiteradas, aislamiento, dificultades económicas repentinas o situaciones de control por parte de terceros pueden requerir una escucha atenta.
- Crear canales confidenciales de orientación y consulta. Muchas personas no necesitan denunciar inmediatamente; primero necesitan encontrar un espacio seguro donde pedir ayuda y recibir información.
- Contar con protocolos claros de acompañamiento y derivación. Las organizaciones no reemplazan a los organismos especializados, pero sí pueden orientar a las personas hacia recursos adecuados y acompañarlas en ese proceso.
- Garantizar medidas de protección y flexibilidad cuando sea necesario. Licencias, cambios transitorios de horario, trabajo remoto, acompañamiento para realizar trámites o asistencia a audiencias pueden ser herramientas fundamentales.
- Evitar la revictimización. Escuchar sin juzgar, respetar la confidencialidad y no exigir relatos innecesarios son condiciones básicas para cualquier intervención responsable.
- Construir una cultura organizacional que cuestione las violencias cotidianas. Los comentarios despectivos, el control, la humillación o la naturalización de ciertos comportamientos forman parte del mismo continuo que sostiene las violencias más extremas.
- Comunicar de manera permanente los recursos disponibles. Las personas necesitan saber, antes de atravesar una situación crítica, dónde acudir y qué apoyo pueden encontrar dentro de la organización.
- Asumir que prevenir también es involucrarse. La violencia de género no se reduce a un problema individual entre víctima y agresor. Es una problemática social que requiere comunidades, instituciones y organizaciones dispuestas a actuar.
Ni Una Menos nos convoca a exigir justicia por quienes ya no están. Pero también nos interpela sobre las condiciones que hacen posible que las violencias ocurran y escalen.
Las organizaciones no pueden resolver por sí solas un problema estructural. Sin embargo, pueden convertirse en parte de la solución. Y en un contexto donde la violencia sigue siendo una realidad para miles de mujeres y diversidades, asumir esa responsabilidad ya no es una opción: es una condición indispensable para construir espacios de trabajo más seguros, más igualitarios y más humanos.